
Siempre que pienso en Top Gun, pienso en lo mal que hemos
tratado a Kelly McGillis a través de los años y, sobre todo, desde que se
anunció la secuela de Top Gun: comparaciones de carrera, críticas físicas,
comparaciones entre ella y Tom Cruise, ya cabréense. Después de que vi la
película, me dio mucha más rabia saber que ni siquiera la consideraron para
esta segunda parte. Y, bueno, lo otro que pienso siempre cuando mencionan esta
película es que, hace tiempo, mi prima me contó que “Take my Breath Away” es
ampliamente utilizada por los topleros al momento de empezar a sacarse todo. Y,
pucha, me arruinó la canción para siempre.
Para sacarme el estigma de canción y película, vi la
película y comprobé que nadie se saca la ropa al ritmo de la canción; no está
libre de la escena cursi en donde los personajes consuman su amor, porque nadie
es perfecto, pero podemos obviar esa parte. La película cuenta la historia de Maverick,
un joven piloto de la marina gringa, quien es tan seco como arrogante; no lo
culpo, es un súper buen piloto, al igual como su padre lo había sido en su
época. Maverick y su mejor amigo, Goose, hacen tan buenas maniobras en el aire,
que su jefe los manda al programa Top Gun, en donde entrenan a los mejores
pilotos del país. Maverick se encuentra con un potencial frenemy, Iceman, con
quien tiene una rivalidad piola y bastante homoerótica, y también con una
profesora, Charlie, de quien se enamora en dos días. Durante el programa,
Maverick se luce, pero su arrogancia y testarudez le juegan una pasada tan
penca que hasta pone en duda su paso por la academia.
Ochenterísima a la vena, Top Gun me mantuvo
entretenida aun cuando también me mantuvo mareada durante las escenas de los
aviones. Por alguna extraña razón, aunque no me haya gustado ni el trailer de
la secuela, siento que necesito ver la segunda parte de esta película.

